Explore "Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3" by Alain René Le Sage on Textopian. Read with annotations and highlights.
La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina, que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse que era el primero de la monarquía.
La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del conde-duque. «Vuestros enemigos -- le dijo llorando -- , el duque de Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.» «Señora -- le respondió mi amo -- , imitad mi ejemplo: llevad con resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua duración de su autoridad?»