Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso, no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano, el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada, no estaba sin zozobra.

Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa de vestirme. «Señor de Santillana -- me dijo -- , hoy vengo a Liria a tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho, y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo -- me dijo -- que no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi vida!» «Señor don Juan -- le respondí -- , ya que usted ha ido derechamente al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada, implore los de usted para con su hermana.»

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