Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.

Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino? -- exclamó mi ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras -- . ¿No bien me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija mía -- le respondí -- , no pretendemos separarte de nosotros dándote marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.»

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