Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales, y fundó aniversarios en muchos conventos.

La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré -- le respondí -- , porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos! -- exclamó el religioso -- .

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