Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas para conseguirles "gratis" lo que pretendían. Las primeras tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión a José Navarro.

Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien -- para decirlo de una vez -- era la causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba empleo para subsistir. «No dudo -- añadió José -- que siendo usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde.

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