Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: «Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.

Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: "Alba", "Osuna", "Medinasidonia". En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.

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