Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho aquel día. «Dar un golpe de maestro -- me respondió -- ; proporcionar a usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero! -- exclamé con aire desdeñoso -- . ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener ideas más elevadas.» «¡Ah, señor -- repitió Escipión -- , no lo creáis así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?» «¡Vamos despacio, señor! -- me respondió -- . ¡Un poco de paciencia! Es menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir en ello.» «¡Bueno! -- respondí riendo a carcajadas -- . ¿Todavía estás ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que usted piensa -- replicó -- ; sólo quiero una hora de conversación con el platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí. «¡Alabado sea Dios! -- dijo -- . Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá o yo no soy sino un bestia.»

Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel de Salero -- que éste era el nombre del padre de la niña -- , y es tanto lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija, con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso -- dije entonces a Escipión -- , presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote -- respondió -- . Hablando aquí para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna, a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío -- le respondí -- . Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que es bien merecido el que por ello nos castiguen.»

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