Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron.

Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso. «No hay que admirarse de eso -- me respondió -- , porque la tragedia que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero, apellidado "el poeta de moda". Cuando los carteles de los cómicos anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa; todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda -- dije entonces al gobernador -- que esa viva curiosidad del público, esa furiosa impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»

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