Explore "Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3" by Alain René Le Sage on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio, mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él, tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares, tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las lacedemonias.
Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado, turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar.