Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra, y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.

»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho, porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello. «Escipión -- me dijo un día -- , si yo tuviera un criado de tan buen humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor -- le respondí -- , eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales caballerosos me encantan.» «Siendo eso así -- me replicó don Manrique -- , quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero de Alcántara.

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