El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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A los tres días de las escenas que acabamos de describir, Arturo, el capitán Manuel y el padre Anastasio partieron rumbo a Tampico, y Celeste con dirección a México: no hubo ni lágrimas, ni suspiros, ni desmayos; cada uno de los actores de esta escena, si tenía hondas penas en su corazón, procuró desimularlas, al tiempo de la separación, haciendo asomar a sus labios la sonrisa. El vicario quedó encargado del curato, y el tendero hereje, que nuestros lectores conocen, resolvió vender la tienda y hasta sus libros favoritos y ponerse en camino para robarse a Celeste, de quien estaba locamente enamorado. Un personaje importante partió con Celeste, y fue el perro sabueso; los otros dos perros caminaron con el cura y nuestros amigos.

Para gobierno de los lectores diremos que Arturo, Manuel y el padre Anastasio llegaron con felicidad a Tampico; en cuanto a Celeste, tuvo que sujetarse a una obediencia pasiva y partir para México, acompañada de la anciana. Mil conjeturas formaba sobre esta precipitada marcha; pero no podía adivinar, ni aun remotamente, su verdadero motivo, porque el padre Anastasio se había manejado con extremada delicadeza, había podido dominar sus pasiones y disimular sus penas, hasta un grado increíble, dando disculpas y razones a Celeste, que si bien no la habían convencido, tampoco habían despertado en su corazón ninguna sospecha. Excusado es decir que lo que más la atormentaba era la indiferencia con que después de su declaración amorosa la había tratado Arturo, pues el amor que ella había concebido por el joven desde la primera vez que lo vio, era de esos sentimientos profundos, imborrables, que forman el pensamiento tenaz y dominante de la vida; Celeste jamás había querido darle pábulo, porque se consideraba tan distante de lograr esta dicha; y alguna vez en sus meditaciones, lanzando un profundo suspiro, había dicho que era más fácil coger una estrella con la mano. Es inútil decir que en la cárcel, en el colegio y en el curato había pensado siempre en Arturo; pero como se piensa en esas visiones que despierta la narración de cuentos en donde hay palacios de marfil y jardines con manzanas de oro y de coral.

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