El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Es fuerza que volvamos ya la vista hacia algunos personajes que hace tiempo tenemos consignados al olvido. Uno de ellos es nuestro insigne y rico tutor don Pedro, quien burló a Arturo fácilmente, como el lector podrá concebirlo. Tomó dos coches idénticos, con muy buenas mulas, salió por una garita, volvió a entrar, y lo mismo repitió por tres garitas, dando la casualidad de que no fuese encontrado por ninguna persona.

Hemos referido que el viejo iba acompañado de una joven, y la explicación es muy fácil. Don Pedro, en punto a amores, era un verdadero Cupido; de suerte que al mismo tiempo que estaba apasionado perdidamente de Teresa, logró seducir a la hija de una mujer pobre y ambiciosa. Procedió con el mayor sigilo y cautela posibles; consiguió su intento, eligió una de sus casas situada en el hermoso barrio de San Cosme; la amuebló lujosamente e instaló allí a su querida, cuidando de decir que era otra nueva pupila de Monterrey, y cuyos bienes administraba. La muchacha gobernaba despóticamente al viejo don Pedro; le reñía, le pedía dinero con exceso, y a cada momento le amenazaba con una separación. La madre, que había dado a su hija saludables consejos y que le dirigía en todas sus acciones, se dio en el curso del tiempo buena maña para que los muebles, la ropa, la plata labrada y la finca misma apareciesen bajo escritura pública como propiedad de la hija, y ya en esta confianza podía impunemente llenar de improperios al viejo, quien, por una anomalía inconcebible, mientras se devanaba los sesos día y noche para perjudicar a Teresa y para quedarse con sus bienes, se doblegaba como un niño a los más insignificantes caprichos de su nueva conquista.

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