Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando Celeste, después de una noche de vela y de agonía, se vio ya en la calle, respirando el ambiente fresco de la mañana, le pareció que había salido de una cueva de ladrones. En vez de dirigirse, como de costumbre, a la iglesia de las Vizcaínas, tomó la dirección de las calles del Coliseo y San Francisco, y dando vueltas y revueltas, y entrando y saliendo con diversos pretextos en las tiendas que encontraba abiertas, vino a dar hasta Santo Domingo, en cuya iglesia entró, y allí comenzó a pensar sobre el partido que debería tomar: su resolución firme era no volver a la casa. Una vez que había escapado la noche anterior, la prudencia aconsejaba no volver a exponerse a peligros, tanto más graves cuanto que eran de un género desconocido. ¿Pero qué hacer? El miedo y la precipitación con que salió, no le permitieron más que llamar al perro para que la siguiese, sacar el vestido que llevaba puesto y una bolsita con algunas monedas, que no llegaban al valor de diez pesos. ¿Pedir limosna otra vez? Se acordaba del lance de Arturo, y la idea de otra aventura semejante, la aterrorizaba. Por otra parte, si el padre Anastasio y Arturo regresaban a México, ¿cómo lo sabría ella, cómo les daría noticia de su persona y de los motivos que le habían obligado a abandonar su casa? Largo tiempo pensó, sin haber podido encontrar una salida para su triste situación, hasta que el sacristán, sonando repetidamente las llaves, se acercó y le dijo al oído que se fuese, porque era ya la hora de cerrar la iglesia. Celeste salió del templo sin saber a dónde dirigirse, y maquinalmente tomó el rumbo de Santa Catarina, terció por una y otra calle, hasta que alzando la vista, vio en un zaguán, un letrero mal escrito, que decía: «Se alquila una vivienda.» De pronto fue una inspiración, un consuelo, decidióse a tomar la vivienda; subió y encontró que era una casita de tres piezas medianamente aseadas. Llamó a la casera, y costándole no poco trabajo el que la dispensara del fiador, pagó siete pesos por la renta de un mes adelantado. Hecho después su balance, le quedaban tres pesos seis reales por todo capital, y ni una silla en que sentarse, ni un petate en que dormir, ni más ropa con que abrigarse que sus propios vestidos.
Aunque jamás mentía ni disimulaba, tuvo que fraguar por la tarde una historia, y contó a la casera que no era de México, que la habían robado en el camino, y que de consiguiente, mientras que escribía a sus parientes, no tenía ni muebles, ni conocimientos de ninguna clase en la ciudad. La casera le prestó unas dos sillas rotas y con asientos tejidos con mecate, un banco de cama color verde en sus mocedades, y no muy falto de esos insectos voraces que no dejan descanso en la noche al infeliz a quien chupan la sangre: un cántaro de agua y un jarro completaron el ajuar de Celeste. En cuanto a la comida, hizo su arreglo, y tomando una taza de atole por la mañana, unos pocos de frijoles y chile a medio día, y otra taza de té o champurrado por la noche, le costaba todo un real y medio diario, incluso una cuartilla para la comida del perro y un octavo para la casera, que fue la encargada de ministrarle los alimentos, y de hacerle los pocos mandados que se le ofrecieran. Por malo que esto fuera, Celeste tenía algo más de dos semanas de porvenir, y durante este tiempo la Providencia podría abrirle un camino.