El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.

La armonía de las dos amigas no se turbó en muchos días: Celeste, no sólo por la obligación que había contraído, sino por la necesidad de sobreponerse a su infortunio y de no pensar en su situación, trabajaba sin cesar: en las noches caía rendida y lograba un sabroso sueño. La actividad y la esperanza formaban su vida.

Olivia, por su parte, estaba satisfecha y contenta con su nueva compañera: veía en ella un instrumento que su buena fortuna le había enviado para formar en menos tiempo del que pensaba su deseado capital. Es menester añadir que ambas habían cumplido exactamente sus estipulaciones: Olivia había hecho el aumento a su mesa de un huevo, de algunos granos más de café y de un par de tortas de pan, y con esto y una botella de vino de vez en cuando, bastaba para que dos personas sobrias pudiesen alimentarse. Los sábados daba a Celeste cuatro o seis reales, que la muchacha guardaba pensando que una suma de ocho o diez pesos podría servirle para vivir quizá un mes en caso de que volviese a hallarse en la misma situación que cuando tuvo que abandonar la gran dulcería queretana. En cuanto a ropa de cama y alguna interior, Olivia le había dado la más necesaria en cambio de la hechura de algunas camisas que Celeste cosía en horas avanzadas de la noche. Arreglados así los asuntos de estas dos personas, nada parecía turbar la monotonía de una vida oscura y dedicada al trabajo. Sí Olivia no hubiese creído, como creía frecuentemente, que estaba desterrada por muchos años de su patria y forzada a ganar su fortuna en un lejano país de bárbaros, y si Celeste no hubiese tenido en su corazón las ideas elevadas que en medio de su pobreza y de sus desgracias había adquirido en sus primeros años, y sobre todo, si no hubiese deseado ser amada de Arturo, seguramente se habrían considerado muy felices. Pero faltaba a la una su patria y a la otra su amor; y ambas, sin quererlo, suspiraban profundamente, y en los pocos ratos de ocio reflexionaban que no eran felices. Así es la vida y así es la condición humana: nada es completo, con nada se satisface el corazón: los pobres rodeados de su miseria y los ricos entre la seda y el oro son igualmente desgraciados.

Reading navigation