El Molino silencioso by Hermann Sudermann — Read

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Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve reducido al papel de espectador. no puede, con una sonrisa gruñona, hacer más que decir amén a todas sus locuras.

Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro, como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él, triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.

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