Explore "El doncel de don Enrique el doliente" by Mariano José de Larra on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando la noche cerró, / Ambos se fueron armare, / Cabalgaron a caballo, / Salieron de la ciudade, / Armados de todas arma / A guisa de peleare. / Rom. del marqués de Mantua.
Con feroz expresión de alegría llegó Abenzarsal a noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga; gran parte había tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo así al conde ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena al principio de su narración, pero fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando, llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que a la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinación, ésta podría estar costándole la vida a uno de los dos combatientes, pues no era difícil inferir que a pelear y no a otra cosa habían salido en aquella forma y a aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando había admitido para este asunto los auxilios del astrólogo judiciario o se había lisonjeado de que éste conseguiría colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase, sin embargo, para poner fuera de combate a sus enemigos; o lo que es más probable, no se había tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el león de la jaula, porque una vez suelto, ni hay retroceder ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, había procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora.