El Danubio by Claudio Magris — Read

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Vive y deja vivir, es la sabiduría vienesa, tolerancia liberal que puede convertirse fácilmente en cínica indiferencia, como decía Alfred Polgar, en el «muere y deja morir». El cementerio biedermeier de Sankt Marx está totalmente abandonado. Sobre las tumbas atacadas por el óxido los adornos de hierro se caen hechos pedazos y las inscripciones se borran, el adjetivo «inolvidable» que acompaña tales nombres se corroe en el olvido. Es una selva de ángeles decapitados, vegetación que se amontona y cubre los sepulcros, estelas en la jungla: un ángel con la antorcha caída y la mano apoyada pensativamente en la cabeza señala la tumba en la que fue sepultado Mozart: los crisantemos, depositados en este modesto cenotafio, están frescos.

Hay muchas tumbas macedónicas, griegas, polacas, rumanas. Ici est deposé Kloucerou Constantin Lénsch fils du Chevalier Philippe Lénsch Grand Logothet de Droit. Como los Arlequines o los Hans Wurst de tantas comedias populares vienesas, el visitante de estas avenidas otoñales, en las que el olvido parece exuberante, se siente empujado por el pensamiento de la muerte a pensar en el amor. No en la perditio o en la affectio, sino en la appetitio, en la cama y en algún momento placentero y excitante. Esa lujuria de la caducidad induce a la fidelidad, al recuerdo, a una guerrilla con el tiempo. Entran ganas de meterse en la primera cabina y telefonear, con un puñado de chelines, a esas compañeras de juego de antaño que han emergido con tanto ímpetu en la cabeza. Menos mal que existen las conferencias interurbanas.

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