Explore "Una Cristiana" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Esta convicción se me impuso, y no sé si me fue grata o dolorosa. Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la futura esposa. A la vez me preguntaba con rabia de curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo la apasionada inquina de mi madre podía insinuar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la damajuana del aguardiente. Por lo demás, a la señorita de Aldao la hablaba cariñosamente, y ella a su vez mostraba confianza e indulgencia a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio. Allí la única persona que estaba fuera de su lugar, era Candidiña. Ni era señorita que pudiese alternar con la hija de don Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad, admitida en la sala y excluida de la mesa.