Vida de Pedro Saputo by Braulio Foz — Read

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No se supo más de él. A los cuarenta o cincuenta años de su desaparición se presentó en Almudévar un mendigo de esa edad poco más o menos, quiero decir, de unos cincuenta años, diciendo que era Pedro Saputo, cuando éste debiera tener entonces, si viviera, setenta y cuatro o setenta y cinco. Pero por burla y con mucho desprecio le preguntaron de su casa y no supo decir cuál era; ni satisfacer a mil otras preguntas que le hicieron. Pidiéronle que pintase, y tocase algún instrumento; y respondió muy entonado y grave: el águila no caza moscas. Y repetía y juraba que era hijo de Almudévar y el verdadero Pedro Saputo. Como era zafio, bajo, grueso, y un borrachín torpísimo, los de Almudévar se ofendieron y le entregaron a los muchachos, que llenándolo de barro y con grande ignominia y algazara le arrastraron por las calles y sacaron del lugar medio muerto. Él se levantó, y mirando al lugar, dijo en tono profético: presto será que el cielo vengue esta ingratitud y mala obra. ¡Pueblo de Almudévar!, no sabes lo que has hecho: ya lo sabrás cuando venga sobre ti el castigo y caiga en ti la calamidad de tu pecado. Los del pueblo rieron, y hasta ahora no ha vengado nada el cielo, ni les ha sobrevenido ninguna calamidad en castigo de haber tratado a aquel asqueroso como merecía. Mas él se fue a otros pueblos, andando mucho por el pie de la Sierra y por el Semontano, llamándose Pedro Saputo. Y como hablaba con gravedad y decía muchas sentencias, aunque las más de ellas muy disparatadas, se habían atribuido algunas al verdadero Pedro Saputo; pero no en Almudévar ni por nadie de los que conocieron al grande hijo de la Pupila.

Como el lector lo está viendo desde el principio de la historia de su vida, no hubo hombre en su tiempo ni después se ha conocido que le igualase en agudeza, en talento, en discreción, en habilidad para todo, juntando a tan excelentes dotes una amabilidad que robaba el corazón a cuantos le hablaban, un aire de mucha dignidad, una presencia gallarda y hermosísima, y una gracia incomparable en todo lo que decía y hacía; y jamás se le vio hinchado ni se vanaglorió de nada. Con la misma naturalidad y facilidad trataba con los grandes que con los pequeños, sin faltar al respeto que se debía a cada uno y al decoro de las personas y de las cosas. No se hacía pequeño con unos, ni grande con otros; ni alto o desdeñoso con éstos, y bajo o servil con aquéllos.

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