Explore "Vida de Pedro Saputo" by Braulio Foz on Textopian. Read with annotations and highlights.
No volvió a ver al enfermo, ni a sus deudos se les dio nada, habiendo conseguido lo que deseaban; pudiendo por ellos el anciano tío morirse cuando quisiera y cuanto más pronto mejor.
Vio, en fin, las torres de Zaragoza; acercóse más, divisólas con más claridad, alegrándose de un modo que jamás había experimentado; y dijo: persona, ciudad ilustre, madre mía, como de todos los que nacen debajo de este gran cielo de Aragón. Yo he visitado otras capitales, casi todas las de España, y las más famosas; y no te he visitado a ti, que debiste ser la primera y que para nosotros vales por todas. Esa majestad tan bien sentada; esa grandeza que se levanta en la imaginación y la memoria; tu nombre que es todo amor, todo sublimidad, todo gloria y heroísmo: ¡Oh ciudad! ¡Oh Zaragoza! Recíbeme en tu seno, en el cual daré al olvido cuantas grandezas me han asombrado, cuanta nobleza y dignidad se han ofrecido a mis ojos admirados. Y diciendo esto fue adelantando y llegó a los muros y quiso entrar y entró por la puerta de Santa Engracia. Penetró al Coso, y mirando que hubo esta hermosa calle, se metió por la de San Gil y atravesó la ciudad hasta el puente, desde el cual, visto el Ebro, miró hacia su lugar y le saltó el corazón pensando en su madre. Entróse en la ciudad, y viendo a la izquierda una iglesia y la puerta abierta fue allá y se encontró con el suntuoso, magnífico y soberano templo de la Seo. Volveré, dijo, que esto pide más tiempo. Y preguntando por el Pilar y oyendo que estaba cerca, visitó a Nuestra Señora y se fue a una posada.