Acostumbrarse a la vida del acuario

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Queridísima Julia: He recibido tu carta del 26-XII-1927 con la posdata del 24 de enero y la notita adjunta. De verdad me ha hecho feliz el recibir tus cartas, pero hace ya tiempo que me sentía más tranquilo. En ciertos momentos creí que me estaba haciendo apático e inerte. Ahora pienso que me equivocaba en el análisis de mí mismo. Tampoco creo ya haber estado desorientado. Se trataba de una crisis de resistencia al nuevo modo de vivir que implacablemente se imponía por la presión de todo el ambiente carcelario, con sus normas, sus rutinas, sus privaciones y sus necesidades, por todo ese complejo enorme de cosas pequeñísimas que se suceden mecánicamente, día a día, mes tras mes y año tras año, siempre iguales, siempre con el mismo ritmo, como los granitos de arena de una clepsidra gigantesca. Todo mi organismo físico y psíquico, con cada una de sus moléculas, se resistía tenazmente a absorber aquel ambiente externo, pero al mismo tiempo no me quedaba más remedio que reconocer que al menos una cierta cantidad de aquella presión había logrado vencer la resistencia modificando una determinada zona de mí mismo, momento en el cual tenía lugar una sacudida rápida y generalizada para rechazar de golpe al invasor. En la actualidad se ha cumplido ya todo un ciclo en estas transformaciones, pues he logrado decidir, con calma, dejar de oponerme a lo que es necesario e ineluctable con los medios y maneras de antes, los cuales eran ineficaces e inapropiados, y dominar y controlar, en cambio, con cierto espíritu irónico, el proceso en curso. Por lo demás, estoy convencido de que nunca llegaré a ser un perfecto filisteo: en cualquier momento seguiré siendo capaz de desprenderme de un golpe de ese pellejo, mitad de asno, mitad de serpiente, que el ambiente desarrolla sobre la propia piel natural. Tal vez hay una cosa que no logre ya: volver a dar a mi piel natural y física su color ahumado. Valia no podrá llamarme más «compañero ahumado». Y me temo que, a pesar de tu contribución, Delio será a partir de ahora más ahumado que yo (¿Protestas? ), pues este invierno he estado casi tres meses sin ver más sol que algún reflejo lejano. A la celda llega una luz a mitad de camino entre la luz de una cantina y la luz de un acuario.

De todas formas, no debes pensar que mi vida transcurre tan monótona e igual como puede parecer a primera vista. Una vez que se ha acostumbrado uno a la vida del acuario, adaptando el sensorio para captar las impresiones amortiguadas y crepusculares que llegan hasta allí (y siguiendo, desde luego, en una posición un tanto irónica), se descubre todo un mundo que bulle alrededor, con sus peculiares leyes y con su curso esencial. Ocurre como cuando después de echar una ojeada rápida a un viejo tronco medio deshecho por el tiempo y la intemperie nos paramos a mirarlo más fijamente y con atención. Primero se ve únicamente algo así como una fungosidad humectante, con alguna babosa soltando baba y arrastrándose lentamente. Pero luego, casi de repente, se ve todo un mundo de colonias de pequeños insectos que se mueven y se afanan, haciendo y rehaciendo los mismos esfuerzos, el mismo camino. Si uno sigue conservando la propia posición externa, si no se convierte en una babosa o en una hormiguita, todo eso acaba interesándole y le permite pasar el tiempo.

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