Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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La ciudad de San Cristóbal de la Habana, capital en lo militar y político de la isla de Cuba, está situada a los 296 grados de longitud, y 23 y 10 minutos de latitud septentrional, y por consiguiente cuasi perpendicularmente bajo del trópico del Carnero. Tiene por el Norte la península de la Florida; al Sur, el mar que la divide de las costas de Tierra Firme; al Este la isla española, de quien la parte un pequeño estrecho; al Oeste el golfo mexicano y puerto de Veracruz.

Su puerto es el más cómodo, es el más seguro y el más bien defendido de la América, capaz de muchas embarcaciones, y de ponerlas todas a cubierto de la furia de los vientos. Dos castillos defienden la angosta entrada del puerto, cuya boca mira cuasi derechamente al Noroeste; otra fortaleza en el seno mismo de la ciudad guarda lo interior de la bahía y el abordaje del muelle, donde reside el gobernador y capitán general de toda la isla. Está toda guarnecida de una muralla suficientemente espesa y alta, flanqueada de varios reductos y bastiones, coronados en los lugares importantes de buena artillería de varios calibres. El clima, aunque cálido, es sano, el terreno entrecortado de pequeñas lomas, cuya perenne amenidad y verdor, hace un país bello a la vista. La ciudad es grande, y comparativamente a su terreno la más populosa de la América. La frecuencia de los barcos de Europa, la seguridad del puerto, que cuanto se permite atrae muchos extranjeros, la escala que hacen los navíos de Nueva-España que vuelven a la Europa, la comodidad de su astillero, preferible a todos los del mundo por la nobleza y la solidez de sus maderas, y la abundancia y generosidad del tabaco y caña; la hacen una de las más ricas, más pulidas poblaciones del nuevo mundo. Estas bellas cualidades han dado celos a las naciones extranjeras. Por los años de 1538, mal fortificada aun, la saquearon los franceses. En la guerra pasada de 1740 el almirante Wernon, que tuvo valor de acercársele, aunque sin batirla formalmente, tuvo muy mal despacho del Morro, y fue a desfogar su cólera sobre Cartagena, cuyo éxito no hace mucho honor a la corona de Inglaterra. Finalmente, en estos días la conquista, de esta importante plaza, ha llenado de gloria a la nación británica, o inmortalizado la memoria del conde de Albermarle, que después de dos meses y pocos días más de sitio, y de una vigorosa resistencia que el Morro comandado por don Luis Vicente de Velasco le hizo por cincuenta y seis días; tomó capitulando la ciudad bajo de honrosas condiciones, posesión de ella en nombre del rey de la Gran Bretaña a los 14 de agosto de 1762. Pocos meses después, hechas las paces, volvió a la corona de España, en que actualmente repara sus fuerzas, y espera con nuevas fortificaciones hacerse cada día más respetable a los enemigos de la corona.

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