Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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El padre Juan Rogel, quedó en el presidio de Carlos, y el hermano Villa Real, pasó a la ciudad de Teguexta, población grande de indios aliados, y en que había también alguna guarnición de españoles para aprender allí la lengua del país, y servir de catequista al padre en la conversión de los gentiles. Entretanto, por medio de algunos intérpretes, no dejaban de predicarles y explicarles los principales artículos de nuestra religión, convenciendo al mismo tiempo de la vanidad de sus ídolos y las groseras imposturas de sus Javvas o falsos sacerdotes. Estos eran después de los Paraoustis o caciques, las personas de mayor dignidad. Los hacía respetables al pueblo, no solo el ministerio de los altares, sino también el ejercicio de la medicina de que solos hacían profesión. No se tomaba resolución alguna de consecuencia entre ellos, sin que los Javvas tuviesen una parte muy principal en el público consejo. Es fácil concebir cuán aborrecibles se harían desde luego los predicadores de la verdad a estos ministros del infierno. Muy presto comenzaron los siervos de Dios a experimentar entre muchas otras penalidades, los efectos del furor de los bárbaros, instigados de sus inicuos sacerdotes.

Frente de una pequeña altura donde estaba situado el fuerte de Carlos, había otra en que tenían un templo consagrado a sus ídolos. Consistían estos en unas espantosas máscaras de que vestidos los sacerdotes, bajaban al pueblo situado en un valle que dividía los dos collados. Aquí, como en forma de nuestras procesiones, cantando por delante las mujeres ciertos cánticos, daban por la llanura varias vueltas, y entre tanto salían los indios de sus casas, ofreciéndole sus cultos, y danzando, hasta que volvían los ídolos al templo. Entre muchas otras ocasiones, en que habían hecho, no sin dolor, testigos a los españoles y al padre de aquella ceremonia sacrílega, determinaron un día subir al fuerte de los españoles, y pasear por allí sus ídolos, como para obligarlos a su adoración, o para tener en caso de ultraje algún motivo justo de rompimiento, y ocasión para deshacerse principalmente, como después confesaron algunos, del ministro de Jesucristo. El padre lleno de celo los reprendió de su atentado, mandándolos bajar al valle; pero ellos que no pretendían sino provocarlo y hacerlo salir fuera del recinto de la fortaleza, porfiaron en subir, hasta que advertido el capitán Francisco Reinoso, bajó sobre ellos, y al primer encuentro de un golpe con el revés de la lanza, hirió en la cabeza uno de los ídolos o enmascarados sacerdotes. Corren los bárbaros en furia a sus chozas, ármanse de sus macanas y botadores, y vuelven en número de cincuenta o poco menos al fuerte; pero hallando ya la tropa de los españoles puesta sobre las armas, hubieron de volverse sin intentar subir a la altura.

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