Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Por los años de 1512, Juan Ponce de León, saliendo de San Germán de Portorrico, se dice haber sido el primero de los españoles que descubrió la península de la Florida. Dije de los españoles, porque ya antes desde el año de 1496, reinando en Inglaterra Enrique VII se había tenido alguna, aunque imperfecta, noticia de estos países. Juan Ponce echó ancla en la bahía que hasta hoy conserva su nombre a 25 de abril, justamente uno de los días de pascua de resurrección, que llamamos vulgarmente pascua florida. O fuese atención piadosa a la circunstancia de un día tan grande, o alusión a la estación misma de la primavera, la porción más bella, y más frondosa del año a la fertilidad de los campos, que nada debían a la industria de sus moradores, o lo que parece más natural al estado mismo de sus esperanzas, él le impuso el nombre de Florida. Esto tenemos por más verosímil que la opinión de los que juzgan haberle sido este nombre irónicamente impuesto por la suma esterilidad. Todas las historias y relaciones modernas publican lo contrario, y si no es la esterilidad de minas, que aun el día de hoy no está suficientemente probada, no hallamos otra que en el espíritu de los primeros descubridores pueda haber dado lugar a la pretendida antífrasis.

Como el amor de las conquistas y el deseo de los descubrimientos era, digámoslo así, el carácter de aquel siglo, muchos tentaron sucesivamente la conquista de unas tierras que pudieran hacer su nombre tan recomendable a la posteridad, como el de Colon o Magallanes. En efecto, Lucas Vázquez de Ayllón, oidor de Santo Domingo por los años de 1520, y Pánfilo de Narváez, émulo desgraciado de la fortuna de Cortés por los de 1528, emprendieron sujetar a los dominios de España aquellas gentes bárbaras. Los primeros, contentos con haberse llevado algunos indios a trabajar en las minas de la isla española, desampararon luego en terreno que verosímilmente no prometía encerrar mucho oro y mucha plata. De los segundos no fue más feliz el éxito; pues o consumidos de enfermedades en un terreno cenagoso y un clima no experimentado, o perseguidos día y noche de los transitadores del país, acabaron tristemente, fuera de cuatro, cuya aventura tendrá más oportuno lugar en otra parte de esta historia. Más venturoso que los pasados, Hernando de Soto, después de haber dado muestras nada equívocas de su valor y conducta en la conquista del Perú, pretendió y consiguió se le encomendase una nueva expedición tan importante. Equipó una armada con novecientos hombres de tropa, y trescientos y cincuenta caballos, con los cuales dio fondo en la bahía del Espíritu Santo el día 31 de mayo de 1539. Carlos V, más deseoso de dar nuevos adoradores a Jesucristo, que nuevos vasallos a su corona, envió luego varios religiosos a la Florida a promulgar el evangelio; pero todos ellos fueron muy en breve otras tantas víctimas de su celo, y del furor de los bárbaros. Subió algunos años después al trono de España Felipe II, heredero no menos de la corona que de la piedad, y el celo de su augusto padre. Entre tanto los franceses, conducidos por Juan Ribaud, por los años de 1562 entraron a la Florida, fueron bien recibidos de los bárbaros, y edificaron un fuerte a quien del nombre de Carlos IX, entonces reinante, llamaron Charlefort. Para desalojarlos fue enviado del rey católico el adelantada don Pedro Meléndez de Avilés, que desembarcando a la costa oriental de la península el día 28 de agosto dio nombre al puerto de San Agustín, capital de la Florida española. Reconquistó a Charlefort, y dejó alguna guarnición en Santa Helena y Tecuesta, dos poblaciones considerables de que algunos lo hacen fundador.

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