Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Vagando desilusionado por el jardín de las Cadenas, costado oriente de la Catedral, me detenía a menudo en las alacenas de libros de lance. Era aquel sitio casi una academia popular donde se encontraba el erudito y el vago, el estudiante y el aficionado a lecturas. Por ambas alas de un largo cobertizo de hierro, seccionadas en particiones, había una serie de puestos donde el público hojeaba, sopesaba los volúmenes, antes del regateo de la compra. En torno, los jardines laterales de la Catedral brindaban sus andadores sombreados, donde era grato pasearse. Por el extremo que daba a la calle, el cobertizo terminaba en una pequeña terraza donde servían los mejores refrescos de limón y tamarindo, las mejores horchatas de la capital. En alguna ocasión, cuando la etapa de Tepechichilco, el güero Garza Aldape y yo habíamos emprendido un torneo de ayuno forzoso después de gastarnos la mesada en los toros. Nos levantábamos tarde para ahorrar el desayuno y al no cenar o no almorzar le llamábamos saltar comidas. Cierta víspera de la llegada del giro, tomamos por único alimento una horchata en el puesto de las Cadenas, con un par de plátanos del vendedor que se situaba por allí mismo y, como postre, un pastel de a centavo, relleno de una pasta desabrida como engrudo. Mi situación no había mejorado gran cosa, pero me quedaba aquel día un peso en la bolsa raída del pantalón y vacilaba. Vacilaba porque en una fila de abajo, entre los libros escogidos, cantos de oro y percalina roja, estaba de venta una Divina Comedia. Sobre la pasta delantera, en un medallón dorado lucía el perfil conmovedor del vidente insigne. Con los dedos dentro de la bolsa alisaba mi último peso antes de darlo; por fin, en un arranque de audacia, lo alargué al librero a la par que ponía el precioso volumen debajo del brazo.

El picador, por Diego Rivera.

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