Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Como era de esperarse, me encontré a la familia transformada: Concha, muy formal, se había hecho practicante de normalista en la escuela de la localidad, a cargo de unas buenas señoritas Urrea. Lola seguía dedicada al piano y sonreía a más de un pretendiente. Mela se había puesto muy linda; blanca, de pelo negro y ojos claros, la sangre azul le salía a la piel. Me refiero a esas venillas que azulean bajo el cutis mate. Una tarde la acompañé con Lola, al otro lado, para una compra de sombreros. Nunca he dejado de recordar el instante en que bajando ella del tranvía por delante de mí se volvió para recoger algo del suelo a tiempo que yo brincaba. El esfuerzo que hice para no caer sobre ella, lastimándola en su lozanía, me dejó impresión de que se había evitado una tragedia. Acompañando a mis hermanas por las droguerías y los almacenes, por sitios flamantes de aseo y pulcritud, recordaba con pena los lugares sórdidos que en la capital frecuentaba. Me aliviaba observar a mis hermanas, limpias, ingenuas, dichosas con la compra del sombrero de cinco dollars; a fin y al cabo, ya era mucho tener quien se los comprara. Entre nuestras conocidas de la capital había tantas que trabajaban todo el día en la costura o el taller y no juntaban lo suficiente para mantenerse, menos para comprarse adornos. Por lo mismo, aceptaba con gusto cualquier responsabilidad que el futuro me reservase. Cuando llegare a faltar mi padre cumpliría el deber de hermano mayor y aquellas criaturas deliciosas seguirían ignorando las humillaciones de la miseria; la protección empezaban ya a necesitarla, aunque fuese de un orden moral únicamente, pues vivían a disgusto, dividido el hogar en dos campos enemigos: el de ellas y el de mi madrastra. Todo, por supuesto, por la intransigencia de nosotros, por el necio prejuicio de que seríamos infieles a mi madre si llegábamos a fraternizar con la madrastra. En la penosa situación, ella obraba con la mayor prudencia. A pesar de su temperamento imperioso y sensitivo, por amor a mi padre y también por su bondad nativa, se mostraba paciente y tolerante. Vivía encerrada, gastaba poco, todo el dinero sobrante procuraba desviarlo a favor del bien parecer de mis hermanas jóvenes. A distancia desempeñaba su difícil papel de madre no recompensada. Pero nosotros, ciegos, nada le concedíamos. Únicamente Concha, metida ya al trabajo y entregada en las horas libres al rezo y al estudio, procuraba iniciar una era de paz. Por su parte, mi padre se había adelantado a mis deseos de conseguir trabajo; no tendría que interrumpir los estudios. Su buen amigo don Benigno Frías Camacho, juez de Distrito de Juárez, me recomendaría a sus amistades de México. La esposa de éste, Amadita, había tomado cariño a mis hermanas, las llevaba consigo a las reuniones y bailes del lugar, las presentaba a los jóvenes o les prohibía amistades. Tenía Amadita cierto parentesco con un juez de la capital, para quien me dieron cartas. No había de preocuparme; obtendría una colocación ya en un despacho jurídico, ya en un juzgado de la metrópoli. El porvenir se presentaba, pues, fácil y risueño y no había por qué no emplear bien los últimos días de vacaciones.

-Iremos seguido al otro lado -había dicho mi padre.

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