Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Regocijado, lo referí en la casa y los compañeros no querían creerlo. Me había llegado un aviso del Juez Uriarte, lo había entrevistado y me mandaba con su amigo notario, que me ofreció cuarenta pesos mensuales. Esa misma tarde comenzaría a trabajar como amanuense. Comí de prisa, cepillé la ropa y me lustraba las botas, próxima ya la hora de entrada a la Notaría, cuando apareció, por la puerta abierta del cuarto en que estábamos reunidos, María Sarabia. ¡Con cuánto afán la había buscado! Pero faltaban veinte minutos para mi cita. La sorpresa me dejó confuso. Ella explicó: «Regresaba del campo; tenía la tarde libre; me la dedicaba.» Perplejo me quedé mirando, sin responder. Rápidamente se cruzaron en mi interior deseos contradictorios. Algo me dijo que aquélla era una ocasión única; pero llegar tarde el primer día, o no llegar era, también, catastrófico. Con la impresión de que descargaba sobre mí un rayo, tomé una decisión tajante. «No puedo faltar a un quehacer -le dije-; te dejo con los compañeros; a la noche, si quieres.» Al decirlo sentía que asesinaba mi dicha en el momento de tenerla, por fin, en la mano. Al mismo tiempo reflexioné: «Si falto a la primera tarea faltaré después a las otras, y mi suerte se habría derrumbado en el momento que podía levantarla.» Había dado mi palabra de estar puntual; me lo debía a mí mismo; no era digno vacilar. Y me fui desgarrado y pensativo.

Desde aquel instante yo quedé marcado: pertenecía a la casta de los hombres de deber, a diferencia de los hombres de placer. Seguiría en adelante inflexible. El sacrificio me hacía daño, pero me entonaba. Con paso ligero marché por la ruta del éxito, dejando atrás, abandonada, la dicha.

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