Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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El Jockey Club se me volvió un nombre odioso por el recuerdo de Marina y por otro asunto de envidias galantes. A la puerta del Jockey Club había unos sillones sobre la acera de la avenida de San Francisco, zaguán de los Azulejos. En las sillas o de pie sobre el umbral de su palacio vi a un dandy saludando con familiaridad a Pepa la Malagueña. Era ésta una deliciosa criatura de tez nacarada y ojos negros, turgente y esbelta, a lo maja de Goya, pero mucho más linda de rostro. Todos los días, a las doce, pero especialmente los domingos, la Pepa se incorporaba al desfile mundano de la calle principal. Su carroza, tirada por caballos andaluces, la mostraba entre ropas de azul o de lila. Una sombrilla de seda protegía del sol la cabeza adorable y nerviosa. Verla pasar sonriendo era un deslumbramiento. Cierto grupo de estudiantes aglomerados en la acera para contemplarla aclamóla una vez, por el garbo del ademán, por el esplendor de su belleza delicada y voluptuosa. Luciendo sus dientes preciosos agradecía los homenajes y repartía ilusión. Pero precisamente en la puerta del Jockey Club levantaba ella la mano en saludo cordial, y dos o tres voces de macho envanecido gritaban: «¡Hola, Pepa! » El hada de un sueño se convertía, de esta suerte, en la presa fácil de los ricachos, y una doble rebelión proletaria y masculina me volvía rencoroso. Nunca he visto mujer más codiciable que aquella Pepa maravillosa, ni sonrisa más alegre, ni marcha más armoniosa que la de una tarde que atravesó Plateros a pie, ligera y sensual, delicada y seductora como una música que pasa.

La carta, por Goya.

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