Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sin reflexión había aceptado aquel cargo de funcionario en provincia. La primera decepción fue que me enviaban a Durango, ciudad cómoda, buen clima y poco trabajo, pero sueldo escaso. Hubiera preferido a Tampico, infestado de paludismo, pero con sueldo de primera categoría. A mi padre le desagradó mi decisión. A mí mismo no me halagaba ir a cobrar menos, quizá, de lo que solía reunir en México. La comodidad de no tener de qué afanarme para cobrar me ofrecía, sin embargo, un útil descanso y quizá oportunidad para actividades de cultura. Y tomándolo así, como arreglo provisional, no había de qué alarmarse. Antes de salir de México quedé apalabrado con Zentella. Bastaría un telegrama suyo asegurándome sueldo, así fuese modesto, para que, renunciando al nuevo cargo, me presentase en la capital. Entre tanto, gozaba volviéndole la espalda al mundo de la «cuistrería» en que penosamente se desarrollaron mis comienzos. Aprovecharía los largos ocios del provinciano en lecturas tanto tiempo aplazadas. Compré a Platón y a Kant; además, me propuse volver a cursar latín en el Seminario de Durango y como antecedente de una buena inmersión en la Summa, de Santo Tomás. La pequeña ciudad sería mi sala de estudio. De ella volvería sano de cuerpo y repleto de doctrina.
Entre los compañeros no faltaba quien me compadeciera. Para todos implicaba una capitis diminutio profesional eso de refugiarse en los estados. Y peor si ya se estaba casi establecido en la metrópoli. Ni yo mismo lograba sustraerme a esa impresión de descenso y de prematura confesión de derrota. Pero mi suerte estaba echada; la había jugado, como quien dice, a una carta o, más bien dicho, a un par de cartas mediocres. Me complacía y casi me exaltaba dejar de golpe el engranaje antipático que forman en torno nuestro los hábitos, los deberes de una situación poco satisfactoria. Era como amanecer en otro planeta, libre de la visita a los juzgados, del hojeo de los expedientes y la disputa con el tinterillo. Tres años de faena azarosa, triste y dura, quedaban relegados de un puntapié, y ya me seducía la mañana despejada de mi primer despertar en aquel Durango que visitara de niño: ruidos musicales y mujeres pálidas, pájaros en los balcones, campanarios al viento. Cual ave que cambia el plumaje, según la nueva estación, así me fui desembarazando de las adherencias metropolitanas. Quedaban en Tacubaya mis familiares y mi novia; pero en todo pensaba menos en boda. Un hábito de años me había convertido a la novia como algo con que se sueña mientras se suceden amoríos fugaces. Además, el trato de los últimos meses había establecido entre nosotros una especie de amistad singular; si, por excepción, nos quedábamos solos, no hablábamos sino de futilezas aburridas. Su mundo, sus gustos, eran diferentes; pero la veía como porción de la familia; estaba convenido el matrimonio y no dudaba de mi promesa. Nos despedimos con naturalidad, como tantas otras veces nos habíamos despedido. Ella se quedaba con el hermano; mis hermanas se quedaban con la abuelita y los hermanos menores. Más pena me dio la soledad en que dejaba a mis hermanas.