Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Vivíamos ahora en Tacubaya, a la vuelta de la Ermita. La casa, muy modesta, de un solo piso, tenía esa absurda planta en alcayata que tanto se multiplicó durante el porfirismo; mezquina arquitectura tan expresiva de la época ruin. Al frente dos habitaciones, salón y alcoba, cada una con balcón entresolado a la calle. Por el interior, una serie de alcobas a lo largo de un corredor estrecho, en torno a un medio patio con macetas y plantas. Al fondo, el baño y la cocina. En la alcoba, con balcón a la calle, se instalaron mis hermanas. Contiguo a su dormitorio, el mío con puerta al interior; en seguida la abuela y más allá Carlos y Samuel. Mi padre estuvo con nosotros hasta la fiesta de mi recepción de abogado, que costeó muy ufano, y luego se fue a su nuevo puesto por la frontera de Sonora. Vivimos en esta casa una corta temporada dichosa. Desde la muerte de mi madre no habíamos estado juntos. Cada peso libre y cada hora de asueto servía para darnos algún paso por teatros o refresquerías. Los domingos por la tarde escuchábamos la orquesta del Café Chapultepec, tomando cerveza o helados. Frecuentemente nos acompañaba mi novia, establecida también temporalmente en Tacubaya. Si quería sorprender a las mujeres, presumir de calavera, bastaba con beberse un ajenjo mientras ellas tomaban sus helados. La vida de familia después de tanta presión ingrata me resultaba agradable. Mis hermanas eran bonitas y alegres, un poco descuidadas en los asuntos de la casa; pero yo estaba tan habituado al desorden que ahora sentía la comodidad de tener quien juntara la ropa de lavar, hiciera las cuentas, dispusiera la comida. De no ser por cierta exigencia que me obligaba a escapar algunas noches, como los gatos cuando se echan por los tejados, maullando, nada hubiera tenido que buscar fuera de la casa. La mujer como hermana era una novedad que me resultaba dulce, entrañable. Pero ¿qué cosa no echa a perder la impertinencia de la juventud, su arrogancia? Los enojos empezaron por causa de Concha. No quería acompañarnos al paseo, no iba al teatro, no se adornaba, se mostraba siempre cordial, pero apartada, encerrada, iglesiera. La tía María, en vísperas de irse al convento, había paseado con nosotros y bromeado. Concha, en su propia casa, se anticipaba a la clausura. Aquello me dolía y me irritaba. Y no pudiendo desahogar mi enojo con ella, lo lanzaba contra los «curas», acusándolos de influir en su preocupación. Tildaba la religión de fanatismo y la vocación monjil de manía. En el mundo podía hacer el bien y eso era mejor que estarse rezando. Que se convirtiera, si quería, en asceta, pero laica y metida a trabajar en buenas obras. Había en el mundo bastantes males que remediar; en fin, y de manera inconsciente, recitaba la tesis protestante de que se nutre nuestro seudoliberalismo. En vano intenté obligarla a la lectura de obras en boga sobre el misticismo, como histeria y casi locura. Casi no quería creer que se iría. Me tranquilizaba saber que, no teniendo quien le diera la dote, no la recibirían. Pronto descubrí que las mismas influencias que ayudaron a María se movieron en favor de Concha. No sé si una señora rica dio algo de dote o si la recibieron porque su conocimiento de idiomas y sus dos años de normalismo podían habilitarla de profesora; el caso es que fue, también con las Damas del Sagrado Corazón, primero a Francia, después a España. Marchó contenta y nos dejó tristes, confusos. Y a mí, irritado.
Tacubaya, por Thomas Egerton.