Explore "Crimen y castigo" by Fyodor Dostoevsky on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas: ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo; querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación; todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero aquello, aquello lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por completo el uso de sus sentidos.
Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un artelchtchit.