Explore "El Libro De Los Amores Ridículos" by Milan Kundera on Textopian. Read with annotations and highlights.
El redactor cayó en una terrible depresión: comprendió que era un idiota incorregible, perdido en el inconmensurable (sí, le parecía inconmensurable e infinito) desierto de su propia juventud; se dio cuenta de que había merecido la reprobación del doctor Havel; y no le cabía la menor duda de que su chica era vulgar, insignificante y fea. Cuando volvió a sentarse junto a ella en el café, le pareció que todos los clientes, y hasta los dos camareros que iban de mesa en mesa, lo sabían y se compadecían maliciosamente de él. Pidió la cuenta y le explicó a la chica que tenía un trabajo pendiente que no podía postergar y que debía marcharse ya. La chiquilla se puso triste y al joven se le encogió el corazón: pese a saber que como buen pescador la estaba devolviendo al agua, en lo más profundo de su alma (secreta y vergonzantemente) seguía queriéndola.
Tampoco la mañana siguiente trajo luz alguna a su fúnebre humor y, cuando vio al doctor Havel atravesando la plaza del balneario en dirección a donde él estaba, acompañado por una elegante mujer, sintió una envidia casi dolorosa: aquella dama era casi escandalosamente hermosa y el humor del doctor Havel, que enseguida le saludó con un alegre gesto, casi escandalosamente eufórico, de tal manera que el redactor, ante su luminosa presencia, se sintió aún más desgraciado.