Explore "El Libro De Los Amores Ridículos" by Milan Kundera on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dos días más tarde el doctor Havel volvió de nuevo a someterse al masaje denominado subacuático y volvió a llegar un poco tarde porque, a decir verdad, jamás llegaba a tiempo a ninguna parte. Y de nuevo estaba allí la masajista rubia, sólo que esta vez no le puso mala cara, sino que por el contrario le sonrió y le llamó doctor, de lo cual Havel dedujo que había ido a la oficina a leer su ficha o había preguntado por él. El doctor Havel registró aquel interés con satisfacción y empezó a desnudarse tras la cortina de la cabina. Cuando la masajista le comunicó que la bañera estaba llena, salió confiado con la barriga por delante y se sumergió con satisfacción en el agua.
La masajista abrió uno de los grifos del panel y le preguntó si su mujer estaba aún en el balneario. Havel manifestó que no y la masajista le preguntó si su mujer iba a volver a actuar en alguna película tan bonita como la anterior. Havel manifestó que sí y la masajista le levantó la pierna derecha. Cuando el chorro de agua le hizo cosquillas en la planta del pie, la masajista sonrió y dijo que parecía que el doctor tenía un cuerpecito muy sensible. Después siguieron hablando y Havel comentó que el balneario era un aburrimiento. La masajista sonrió con picardía y dijo que estaba segura de que el doctor sabía ingeniárselas para no aburrirse. Y cuando se inclinó profundamente hacia él para pasarle la boquilla de la manguera por el pecho y Havel elogió sus senos, cuya mitad superior veía perfectamente desde su situación, la masajista respondió que seguramente el doctor ya los habría visto más bonitos.