El Libro De Los Amores Ridículos

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Sí, el doctor Havel había adivinado: el redactor había ido en busca de la doctora el mismo día en que su maestro se la había elogiado. Al cabo de unas cuantas frases había descubierto dentro de sí una sorprendente audacia y le había dicho que le gustaba y que quería salir con ella. La doctora había tartamudeado asustada que era mayor que él y que tenía hijos. Eso había hecho que el redactor ganase confianza y que le sobrase locuacidad: afirmó que la doctora tenía una belleza oculta, que es más importante que el aspecto vulgar de quienes suelen considerarse guapos; elogió su manera de andar y dijo que parecían hablar sus piernas al andar.

Y dos días más tarde, aquella misma noche en que el doctor Havel llegaba contento a la fuente junto a la que, ya a distancia, vio a su rubia musculosa, el redactor paseaba nervioso por su estrecha buhardilla; estaba casi seguro de tener éxito, pero precisamente por eso temía aún más que algún error o alguna casualidad se lo estropease; a cada rato abría la puerta para mirar por la escalera hacia abajo; por fin la vio.

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