El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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Los olmos del paseo comenzaban a revestir sus ramas negruzcas de un verdor pálido, suave y tenue, y en la falda del monte Durco, sobre ruinosas tapias, los árboles floridos de los huertos lucían ya la sonrosada blancura de sus copas a la tibia y palpitante claridad que sonreía entre dos nubarrones. A lo lejos, el agua del río, hinchado por las lluvias primaverales, se deslizaba, clara y limpia, lamiendo en sus orillas los pies de sauces débiles, voluptuosa, invencible, fecunda, eterna, divina como en otros tiempos, cuando los pescadores de la Galia romana le ofrecían monedas y erigían en su honor, ante el templo de Venus y de Augusto, una estela votiva, que llevaba esculpidos toscamente una barca y sus remos. En el valle anchuroso, la encantadora y tímida juventud del año se estremecía sobre la tierra antigua; y el señor Bergeret, solo, indeciso, cansado, andaba entre los olmos del paseo con la imaginación distraída, errabunda, cambiante, antigua como la tierra, lozana como las flores del manzano, falta de reflexión y repleta de imágenes confusas; desolada y anhelante, dulce, inocente, lasciva, triste, se arrastraba, fatigosa, y perseguía las ilusiones, los ensueños cuyo nombre, cuya forma, cuyo carácter le eran desconocidos. Llegado al banco donde solía, en primavera, sentarse a la hora en que los pájaros enmudecen y donde muchas veces compartió su apacible reposo con el padre Lantaigne al pie de un olmo, testigo de sus interesantes pláticas, observó los rasgos que una inhábil mano había escrito con yeso en el espaldar verde. Sobrecogióle cierta inquietud ante la idea de leer su nombre, que andaba en lenguas y senda de mofa; pero lo que vio era una inscripción erótica y conmemorativa, por la cual Narciso publicaba, en una forma breve y sencilla, grosera y malsonante, los placeres gozados allí, protegido por la oscuridad indulgente de la noche y en los brazos de Ernestina.

El señor Bergeret, ya dispuesto a ocupar el sitio de costumbre, donde había derramado tantas nobles y risueñas reflexiones, donde tantas veces le apoyaron y asistieron las gracias púdicas juzgó impropio de un hombre decente sentarse a descansar en un monumento lascivo, consagrado a la Venus de las plazuelas y de los jardines. Apartóse del banco memorable y prosiguió su paseo mientras meditaba:

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