El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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El señor Bergeret se acostumbró a pasar una hora todos los días en el café de la Comedia. Le censuraban esta nueva costumbre; pero allí sentía un goce, un calor, una luz que no eran, seguramente, matrimoniales. Leía los periódicos y veía rostros de personas que no le deseaban ningún mal. Solía encontrar algunas veces a Goubín, su discípulo predilecto desde la traición de Roux. El señor Bergeret gustaba de sentir preferencias, porque su espíritu estético se complacía en la elección. Goubín era su preferido, sin llegar a interesarle. En verdad, Goubín distaba mucho de ser un mozo agradable. Delgado, enclenque, disminuido pobre de carnes, de pelo, de voz y de inteligencia; de ojos lacrimosos y labios macilentos; con pies y alma de señorita, era puntual y minucioso. A su cara, menuda como todo él, se adherían las orejas enormes, abarquilladas y puntiagudas, lo único abundante de aquel organismo indigente. Goubín tenía el don natural y el arte de escuchar.

El catedrático de Literatura disertaba con su discípulo Goubín ante los vasos de cerveza y al rumor de las fichas arrastradas por los jugadores de dominó sobre las mesas de mármol. A las once se levantaba el señor Bergeret. Goubín hacía lo mismo; se iban juntos por la desierta plaza del Teatro y por las calles poco alumbradas, hasta llegar a la triste de Tintelleries.

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