El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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El coche de punto en el cual atravesaba París la señora del prefecto se deslizó por la Puerta Maillot entre las verjas rematadas cívicamente como hierros de lanza junto a las que dormitaban al sol los polvorientos vigilantes del resguardo y curtidas ramilleteras. El coche dejó a la derecha la calle de la Rebelión, cuyas tabernas miserables, rojizas, mohosas, y cuyos pobres merenderos se alzan frente a la capilla de San Fernando, achaparrada, pequeña, próxima al sombrío foso militar revestido de hierba mustia; se metió por la calle de Chartres, melancólica, siempre cubierta con el polvillo de las piedras labradas, y llegó a los hermosos y sombreados paseos del Parque Real, ya convertido en fútiles propiedades burguesas. Sobre la tranquila calzada por donde rodaba el coche lentamente entre dos hileras de plátanos se veían cruzar a cada instante como insectos veloces -encorvados y con la cabeza baja para hender el aire- silenciosos ciclistas con trajes claros; y su veloz carrera, su vuelo tendido, adquiría gracia en la soltura de los movimientos y belleza en las amplias órbitas descritas. Entre los troncos de los árboles que orillaban el camino, la señora de Worms-Clavelin veía -detrás de las verjas- los paseos, los estanques, las terrazas, los pabellones de un gusto dudoso, y ansiaba vagamente poder pasar la vejez en una casa como aquellas cuyo claro revoco y cuyas grises pizarras asomaban entre la verdura del follaje; porque la señora de Worms-Clavelin era prudente, moderada en sus deseos, y sentía caer en su alma una enorme afición a criar gallinas y conejos. Salpicaban las amplias avenidas importantes edificios: capillas, colegios, conventos y sanatorios; la iglesia protestante con sus caballetes de un gótico frío; las residencias católicas, de plácido recogimiento, con su cruz sobre la puerta y sus negras campanas en lo alto.

Luego el coche se hundió en la región baja y solitaria de los viveros, donde los cristales de las estufas brillan al final de los paseos arenosos, donde se alzan los absurdos quioscos rústicos y las imitaciones de troncos de árbol construidos con greda por un ingeniero decorador de jardines. En el Bajo-Neuilly se sienten la frescura del río próximo y el vaho de la tierra humedecida aún por las aguas que allí durmieron en una época, reciente según los geólogos: las evaporaciones de los pantanos, donde mecía las cañas el viento hace mil o mil quinientos años apenas.

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