El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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Desde que le quitó el manejo de la casa a la «suprimida» señora, el señor Bergeret lo disponía todo, y todo lo disponía mal. Es cierto que la criada nueva no pudo cumplir sus órdenes por no haberlas comprendido; pero como se impone hacer algo, y la vida es movimiento, María no paraba, y su roma imaginación le inspiraba las determinaciones más enfadosas y los actos más desatinados; no era extraordinario que finalizaran sus bríos en una borrachera. Un día que bebió el alcohol de quemar, estuvo cuarenta horas tumbada, inmóvil en el suelo de la cocina. Sus letargos eran terribles, y al volver en sí, cada movimiento suyo producía una catástrofe. Hizo lo que nadie hubiera hecho: rajar con una palmatoria el mármol de la chimenea. Todo lo guisaba en la sartén con chirridos abrumadores, y llenaba la casa de humo grasiento, irrespirable. No se podían comer sus guisos.

La señora de Bergeret, sola en la estancia conyugal, gritaba con furia y lloraba con dolor sobre las ruinas de su hogar. Su desventura tomó formas nuevas, imprevistas, que le crispaban y contradecían su espíritu de orden. Todo iba de mal en peor. No recibía ningún dinero del señor Bergeret, el cual, poco antes le daba mensualmente su paga íntegra, sin reservarse siquiera para fumar; y como Amelia gastó mucho en vestirse para ser agradable a Roux en su período voluptuoso, y más aún después, cuando se dedicó a ganarse la simpatía de las gentes haciendo visitas a todo el mundo, comenzó a recibir recados apremiantes de la costurera y de la modista. La casa de confecciones de Achard, que no la trataba como a una dienta antigua, lanzó contra ella una demanda judicial, y la hija de los Pouilly, consternada, estremecióse una tarde al recibir el pliego de papel sellado. Reflexionó que tantas desdichas eran la consecuencia inesperada, pero indudable, de su desliz, y dedujo la importancia del adulterio. Recordaba entonces, confusa, todo lo que le enseñaron en su juventud acerca del crimen incomparable, único, al cual acompaña la vergüenza que nunca fueron impuestas a la envidia, a la codicia ni a la crueldad.

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