Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Dulce, al ver entrar a Guerra tan a deshora, y oír de sus labios que se estaría allí toda la noche, no volvía de su asombro, mayormente por no advertir en el rostro de él expresión de contento, sino más bien de contrariedad y disgusto. Pocas palabras pudo sacarle del cuerpo en el transcurso de la noche, a pesar de los hábiles esfuerzos empleados para romper su reserva y taciturnidad. Por la mañana, la displicencia de Ángel tuvo tonos insufribles. Dulcenombre vio venir la tempestad, y para que ésta no estallase por culpa suya, se fortaleció interiormente con todo el caudal de su prudencia, haciendo el firme voto de no desplegar los labios para contestarle, dijera lo que dijese. Pero en semejantes casos, no hay prudencia que valga; un accidente cualquiera inesperado, cualquier causa exterior sirve de chispa al incendio, y éste se produce instantáneamente. La chispa fue el importuno arribo de D. Pito, el cual, desde la puerta, se anunció con un «¡ah de abordo!» y avanzó por el pasillo renqueando y tosiendo. Al avistar a Guerra, con quien no esperaba cruzarse tan temprano, el marino se desconcertó un poco, no tardando en advertir que el otro no estaba de buenas. Ensayó algunas bromas, que le dieron deplorable resultado, porque nadie se las reía, en vez de darse por vencido, y callar virando en redondo, insistió, con pesadez y familiaridades de mal gusto. Guerra estalló, echándole esta rociada: «Dígame, ¿en qué bodegón hemos comido juntos? ¿No conoce usted que si se le tolera alguna vez es con la condición de que comprenda las circunstancias en que no se le puede tolerar?»

Plegando los músculos de su cara de corcho y entornando los ojos como si le hiciera daño la luz, don Pito mirábale con impertinencia, y al propio tiempo le apuntaba con el índice de su mano derecha alargando ésta lentamente. De su boca salía un mugido burlón, como el que se emplea con los niños para anunciar el coco. Guerra, volado, levantose con animo de darle un empujón. Pero el demonio del capitán, aunque no convencido aún de que la cosa iba de veras, se retiró de un salto, y desde lejos repitió sus burlas, añadiendo movimientos más provocativos, como el de hacer con ambas manos el ademán de citar a la fiera para ponerle banderillas.

Reading navigation