Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Y a la siguiente tarde, pues la mañana la perdió en recibir y despachar a un emisario de D. Suero que le llevaba unas cuentas, fue en busca de la nueva casa de los Babeles; y después de después de preguntar en todos los zaguanes de la Cuesta del Alcázar, dio con la caverna allá por la plazuela de Capuchinos, esquina al callejón de Esquivias, lugar de los más tristes de la ciudad. En todo el camino y brujuleo de calles no dejó de pensar en el extraño paso que daba, y si no le vino al pensamiento ni por un instante la idea de desobedecer a Leré, tampoco tuvo dudas acerca de la proposición que debía escoger entre las dos designadas por la santa. Descartado resueltamente lo del casorio, optaba por la despedida y separación absolutas, imposibilitando hasta la probabilidad de deslices ulteriores, y además determinó que, si las circunstancias se presentaban favorables a una intervención discreta para impulsar a Dulce a un buen arreglo matrimonial con otra persona, las aprovecharía con alma y vida. Todo lo llevaba muy bien estudiado y previsto, sin que faltara un poco de plan económico para asegurar a su ex amante los derechos pasivos, y salvarla de la prostitución en caso de que así fuera menester.

Apenas hubo empujado la roñosa puerta del zaguán para entrar en el patio, de desigual y mal barrido suelo, sin arbustos ni adorno alguno, con pilastrones de piedra, las paredes con la mitad del yeso caído, todo de lo más desamparado, pobre y sucio que en Toledo se podía ver; apenas al primer vistazo se hizo cargo de la triste localidad, le salió al encuentro la persona que buscando iba, la propia Dulce; ¡pero en qué facha, Dios poderoso, en qué actitudes! El tristísimo espectáculo que a sus ojos se ofrecía, dejó a Guerra suspenso y sin habla. Desmelenada, arrastrando una falda hecha jirones, los pies en chancletas, hecha un asqueroso pingo, descompuesto y arrebatado el rostro, la mirada echando lumbre, Dulce salió por una puerta que parecía de cuadra o cocina, y corrió hacia él echando por aquella boca los denuestos más atroces y las expresiones más groseras. Ángel dudó un momento si era ella la figura lastimosa que ante sí tenía, y algún esfuerzo hubo de hacer su mente para dar crédito a los sentidos. La que fue siempre la misma delicadeza en el hablar, la que nunca profirió vocablo indecente, habíase trocado en soez arpía o en furia insolente de las calles. La risilla de imbecilidad desvergonzada que soltó al ver a su amante, puso a éste los pelos de punta.

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