Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y a todas estas, ¿qué hacía el ingenioso Mancebo? Al salir de la Catedral desde la oficina de la Obra y Fábrica, recorrió despacio la nave lateral de la Epístola hasta la capilla Mozárabe. Allí torció sobre su derecha, siguiendo por delante de la puerta del Perdón, siempre con el mismo paso lento, la mirada recogida, cual si llevara el Santísimo en una procesión solemne. Meditando en el delicado paso que a dar iba, se dijo: «Si ahora voy yo a Laureano Porras, y Laureano Porras se descuelga, como es probable, con alguna cosa que a este bruto de D. Ángel no le agrade, este bruto de D. Ángel me va a comer».
Detúvose un instante en la puerta de la Presentación; salió al Claustro, volvió a entrar, indeciso, y por fin se metió en la capillita del Cristo de las Cucharas. «Si en realidad -pensaba-, no necesito ver a Laureano Porras para saber lo que me ha de decir. Pero en fin, demos de barato que me persono allá. Ya me figuro que voy por el Nuncio Viejo. ea, ya estoy en las Tendillas. un pasito más, y entro en la calle de los Aljibes. Tun, tun. «¿está D. Laureano?.» sí. pues adentro. «Hola, Laureano, buenos días. ¿Qué tal?. No tan bien como tú. ¿Te maravillas de verme aquí? Pues ya debes suponer; vengo a que me enteres de eso de mi sobrina.» Me parece que estoy oyendo la contestación del amigo Porras: «Pues muy sencillo, D. Francisco: que nadie está libre de un arañazo, y como en estas órdenes hay que mirar mucho por la reputación, las hermanas han dispuesto que su sobrinita se vuelva al siglo, donde hace más falta que en el Socorro».