Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Guerra se fue a su casa llevándose a Ildefonso, a quien convidó a comer. Apenas concluyeron, mandole al Socorro con dos cartas, una para la Superiora y otra para Leré, abierta. Ordenó al chiquillo que le llevase la respuesta a la Catedral, a donde se fue sin pérdida de tiempo, y entraba en ella cuando el cimbanillo llamaba a coro, diciendo en lo alto de la gran torre con su agudo y sonoro acento: vox mea clamat; ergo canonici venite, y los canónigos le obedecían, entrando por esta y la otra puerta, y tomando el camino del Vestuario.

Poco después empezaba la Nona, que oyó el neófito con delectación, y las Completas. Nunca le pareció la Catedral tan risueña, ni el canto tan hermoso y sentido, ni el Presbiterio tan rematadamente suntuoso y bello. Todas las figuras que decoran el muro externo de la Capilla Mayor, ángeles músicos en diversas actitudes, unos con trompeta en la mano, otros con cítara o violín, unían sus voces y la de sus delicados instrumentos a la patética salmodia, alabanza triunfal del Señor y confianza en sus misericordias. La soberana iglesia se le representaba en un grado superior de artística hermosura, como inmenso relicario de marfil esculpido por manos de ángeles, adornado de metales tan ricos por la materia como por la labra, y de piedras preciosas que en las contrapuestas oquedades transparentaban la luz del cielo, el cual, por aquellos anteojos de esmeraldas y rubíes, contemplaba el ámbito peregrino donde la vida mortal sueña con la eterna.

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