Juicios sumarios I by Rosario Castellanos — Read

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Nada más saludable, para un autor destinado a ser clásico, que convertirse en objeto de discusión. Eso significa que es leído y que su lectura conmueve hasta el punto de suscitar alabanzas o de provocar apasionados rechazos.

Hemos visto en la actualidad producirse el fenómeno con parte de la obra de Alfonso Reyes. Con parte, nada más. Porque su labor de investigación es tan formidablemente vasta y, en cierto sentido, tan exclusiva para los especialistas del tema, que la crítica (esta crítica que en México -con tan honrosas cuanto raras excepciones- hacemos los improvisados) no se atreve con ella. Le basta poner los ojos en blanco para imitar una admiración que no implica conocimiento; o levantar los hombros con un gesto de indiferencia que bien puede ser disfraz de la envidia; o en último término declarar que Alfonso Reyes es un erudito, no para aludir a su saber sino para nulificar sus dotes creadoras. Porque parece que entre nosotros es una condición esencial del poeta su incultura y su carencia de esa aptitud, para la humilde inconformidad, para el trabajo y el orden, para la búsqueda y la asimilación, que se puede llamar inteligencia. Porque se supone que todo ha de suplirlo el genio: la pereza, la ignorancia, la falta de respeto, la inhabilidad para distinguir los valores y su jerarquía, etc. Por desgracia «genio» es un vocablo del que se abusa pero cuya existencia es mucho menos frecuente de lo que se cree. El genio es nada menos que la capacidad de expresión del mundo: un garbanzo de a libra que no se da en cualquier hombre pero ni siquiera en cualquier época. Son necesarias muchas condiciones. Y además el genio no se presenta como una fuerza irresistible que desbarata todos los obstáculos que se le oponen. Lo más alto es lo más débil, dijo Scheler. El genio no podrá fructificar en un terreno que no haya roturado la disciplina.

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