Guardia blanca by Sir Arthur Conan Doyle — Read

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POR dos días navegó el Galeón Amarillo á velas desplegadas, impelido por vientos favorables del nordeste, dejó atrás á Ouessant, punto más occidental de Francia y al tercer día pasó frente á Bella Isla y avistó algunos transportes que regresaban á Inglaterra. Los dos nobles hicieron colgar sus escudos de armas al costado del barco y observaron con el mayor interés las señales con que respondían los transportes y que les indicaban los nombres de aquellos caballeros á quienes las enfermedades ó las heridas hacían regresar á sus hogares en tan críticos momentos.

Por la tarde se notaron señales de próxima tempestad que alarmaron profundamente al capitán Golvín, pues no sólo había perdido la tercera parte de sus marineros sino que la mitad de los restantes estaban á bordo de las dos galeras apresadas; y unido esto á las averías sufridas por su propio barco, lo ponían en muy malas condiciones para arrostrar las tempestades de aquella peligrosa costa. El viento sopló con violencia toda la noche, imprimiendo al pesado transporte fuertes balances. Roger, aunque debilitado por la pérdida de sangre, subió sobre cubierta al despuntar el día, prefiriendo que lo mojaran las olas á continuar encerrado en los estrechos y obscuros camarotes, nauseabundos y llenos de ratas. Asido á una driza, contempló con emoción el espectáculo del mar alborotado, cubierto de innumerables olas y reflejando el negro color de las nubes. Las dos galeras apresadas seguían al Galeón á corta distancia, luchando también con el viento y las olas. Á la izquierda, entre la bruma, se veía la tierra de Francia, aquella tierra donde sus antepasados habían derramado su sangre y conquistado imperecedera gloria; Francia, patria de tantos famosos caballeros, de tantas beldades, teatro de altos hechos inolvidables y asiento de los grandes monumentos, del arte, el lujo y la riqueza. En presencia de aquella costa francesa besó Roger el preciado velo que le diera la bella Constanza de Morel, y besándolo hizo el juramento de conquistar con su valor fama digna de tan noble dama, ó perecer en la demanda. Sacóle de sus meditaciones la ronca voz del capitán, que dominando el tumulto de los elementos, le gritó:

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