Explore "Lucio Tréllez" by José Ortega Munilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
La urgencia del negocio no daba lugar a tregua, así que Lucio Tréllez salió de aquella mansión de dolor aceleradamente y con intento de tomar un coche de alquiler que le condujese al hotel de Arolas, que está puesto, como todo Madrid sabe, en el promedio del paseo de Recoletos. Llevaba en la mano unos papeles atados perfectamente y una cartera de gran tamaño. Su rostro se hallaba contraído por una arruga que doblando el cutis de su frente, sombreaba su cara toda con el tinte del mal humor. En la calle de Atocha subió a una berlina de punto y su persona rebotó sobre los almohadones con el traqueteo de aquella caja mal montada, que iba metiendo ruido de máquina de guerra en el desigual empedrado de esta culta villa. Mentalmente recompuso su plan, recordó las instrucciones de don Adrián Ustáriz, lo que le indicó sobre el carácter y circunstancias del grave sujeto que se le encomendaba y de la persona con que debía llevarle a efecto debido. Con estos y otros pensamientos llegaba al hotel, y después de despedir al coche, entró por la verja, en la que una campanilla sonó al abrirse la puerta de hierro. Estaban tomando el fresco, sentados en un banco, el portero, con su grandioso levitón, lleno de botones dorados, y uno que por su traje, mitad señoril, mitad chulesco, todas las trazas y anglo-castiza catadura presentaba, de ser lo que en el caló elegante del sport, suele llamarse un tronquista. El palacio u hotel no era notable pieza de arquitectura, pero sí bonito. Muchas ventanas tenía y por ellas, que estaban abiertas a la sazón podía descubrirse el interior de las iluminadas habitaciones, sus cuadros, sus espejos, sus cortinones, sus muebles todos que eran nuevos y de moda. Rodeaba el edificio un mezquino parque cubierto de césped, por el que entonces culebreaba la manga negra de la boca de riego, arrojando sobre una wellingthonia lluvia menuda, la cual plateaba la luna, al descender, goteando de rama en rama.
Lucio entró en el recibimiento. Hubo en su mano una tarjeta, pasó ésta de habitación en habitación hasta la más retirada, y al cabo de un breve rato volvió muy deprisa el criado y le hizo llegar al lejano gabinete del señor.