Dulce dueño by Emilia Pardo Bazan — Read

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Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en Biarritz empiezo a entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al alcance, no de todas las manos -despreciable sería entonces- sino de pocas y sabias y hábiles…

Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se lo escribo a Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La duquesa, a quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, anunciando inmediata visita; y a la media hora se presenta, ágil y airosa y envelada la cara de tules, a fin de disimular y suavizar el estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece a la obra maestra del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia arrogante que yo desearía imitar.

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