Dulce dueño by Emilia Pardo Bazan — Read

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Noto en Suiza lo contrario que en Granada. A Granada pude yo hacerla para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen, eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente languidez de la Alhambra.

Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo a ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga a alardes de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, a las montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, encontrando superiores los hoteles a las ciudades; Lucerna y Zurich, y, por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río de leyenda.

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