Dulce dueño by Emilia Pardo Bazan — Read

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Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las nieves, ya que estas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba a prueba de sorpresas. Aplicaba a la conquista de mi espíritu la ciencia psicológica y matemática a un tiempo con que estudiaba al resto de la gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje, supuso -después lo he comprendido- que siempre llega el cuarto de hora. Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el proco con artística finura.

Su actitud fue la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi amistad, contaba conmigo como asociada… pero ¿y si, abandonando él en mí lo que no debe abandonarse, otro hombre… ?

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