El Hombre Mediocre by José Ingenieros — Read

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Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.

Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral -- dice su biógrafo -- tiene que llenarse de doradas virutas para que la penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes mentales que la vanidad les sugiere.»

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