La esfinge maragata by Concha Espina — Read

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Sobrecogidos por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.

Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana ni por la galante actitud del caballero intruso.

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